Tenía sueño, pero no dormía. Hacía tiempo que había dejado poco a poco de dormir por miedo a sus sueños. Le perseguían como lobos hambrientos y devoraban ferozmente sus descansos. Por eso se quedaba las largas noches de invierno sentado, contemplando el reflejo de la Luna en el agua. Rielaba en las aguas tranquilas, junto al reflejo de esos muros derruidos que él había convertido en su hogar. Y en las noches en las que la Luna se iba de viaje, admiraba extasiado el tenue fulgor del lago.
Las noches eran su momento. En la oscuridad hostil, en la ausencia de luz, él podía finalmente liberar su alma de los recuerdos que la atenazaban y de la amenaza de sucumbir ante ellos.
Aquella era la última vez que aguantaba aquello. Tenía derecho a opinar sobre su vida y su futuro, y sin embargo la recluían al más oscuro rincón como un mueble viejo del que se quieren deshacer. Estaban allí, planificando su paso por el mundo, discutiendo como tendría que vivir, pensar o actuar. Ella no lo permitiría. Se iba a marchar, a un sitio donde pudiera decidir sobre su persona.
Cogió el poco dinero que había conseguido ahorrar, algo de ropa y un poco de comida. Lo guardó todo y se fue. El equipaje no era pesado pero andaba despacio. Ya tendría tiempo de correr libre.
Habían pasado dos semanas y se le había acabado tanto el dinero como la comida. Intentó trabajar pero cuando veían sus manos finas y su piel blanca decían: aquí no hay trabajo para señoritas. Había recorrido muchas tierras distintas desde que se fue, pero aun no había encontrado su lugar.
Se estaba haciendo de noche y empezó a buscar un lugar donde dormir. Hacía tiempo que las últimas luces del último pueblo habían desaparecido por los recodos del camino. Cogió un sendero que se internaba en el bosque y de pronto, ante ella, apareció la superficie lisa, tersa y de aparente firmeza de un lago. Al acercarse al agua descubrió una pequeña playa y se quedó allí a pasar la noche.
Despertó sobresaltada en mitad de la noche. Se sentía observada. Sentía como unos ojos recorrían cada centímetro de su cuerpo. Tenía miedo, no se atrevía a moverse. Algo la estaba mirando. Movía los ojos febrilmente, creía ver sombras en todas partes. ¿Creía ver? ¿No era aquello un recorte oscuro de silueta? Una nube dejó pasar un fugaz rayo de Luna. Sólo unas ramas moviéndose. Una duda asaltó su mente ¿Por qué se movían esas ramas?
Algo era inusual esa noche. Un aroma distinto subía desde el lago. Serían imaginaciones suyas, ¿seguro? Mejor ir a investigar, nunca se sabe.
Aquella noche decidió ir por la linde del bosque. Desde allí podía divisar toda la playa. Mientras iba pasando pausadamente la vista por aquel lugar que le era tan familiar, fue tranquilizándose. ¡Qué habría de temer en un lugar como aquel! Súbitamente el corazón le dio un vuelco. ¿Qué era aquello? Había visto una forma indefinida tumbada en la playa. ¿Estaría muerta? No. Se había movido. Su mente más que su vista intuyó lo que era y le sobrevino un temor repentino. Mientras vacilaba en acercarse o marcharse observaba ávidamente aquella forma. Nunca había visto nada igual. Aquel ser lo había cautivado.
La Luna, su eterna compañera, rompió celosa la magia del momento, iluminándole. Sintió pánico, por un momento había visto los blancos ojos de la figura. Tuvo miedo de que le hubiera descubierto y huyó hacia el bosque. Unas ramas rotas y una huella en el barro quedaron como únicas testigos de su presencia.
Ella estaba inquieta. El día no parecía benévolo y unas nubes amenazaban tormentas. Era mejor buscar un sitio para guarecerse. Seguro que en el bosque había alguna casa o cabaña donde pasar el día.
Al subir la cuesta recordó lo sucedido la noche anterior. ¿Y si la sombra aun seguía en el bosque?
Entre los árboles encontró un sendero casi invisible y echó a andar por él. A algún sitio conduciría.
Ya había perdido la esperanza de encontrar algo cuando el bosque decidió abrirse ante sus ojos mostrando un inmenso castillo en ruinas. Los altos muros subían hasta las negras nubes de tormenta.
De la entrada sólo se conservaba el arco. Fue acercándose. Parecía a punto de desmoronarse. Notó que la luz iba disminuyendo su intensidad. ¿Tanto tiempo había pasado desde que dejó el lago? El bosque no era tan grande. Habría estado dando círculos cada vez mayores hasta dar con la fortaleza. De nada servía lamentarse así que decidió entrar.
El arco dio paso al patio interior. A la derecha parecían estar las caballerizas, aunque era difícil descubrirlo entre aquel montón de piedras. La torre del homenaje era la que parecía en mejor estado. La puerta estaba libre de escombros y se podía entrar.
No se veía nada. Dejó que sus ojos se acostumbrasen a la semioscuridad. Pasó la vista por la estancia. Algunas paredes tenían restos de fuegos, pero el más reciente se hallaba en el centro. Unas escaleras subían hacia arriba, hacia una puerta. Un rayo iluminó la estancia y mostró la sombra. En la puerta. La sombra la había visto e iba hacia ella. Bajaba lentamente los escalones, disfrutando de su miedo. Ese miedo de sabor agrio que no deja moverse pero que sí deja pensar.
Cuando otro rayo estalló en el cielo y la sombra reveló su verdadera identidad. Era un hombre. Lo miró sin tranquilizarse. Era igual de peligroso que una sombra.
Estaba nervioso. Aquel día de tormenta presagiaba cambios. A él no le gustaban los cambios. Pasó el día intentando pescar, logró capturar un par de peces para la cena.
Se encontraba en su habitación cuando lo oyó. Oyó pasos en el salón. Cerró los ojos para escuchar mejor. Eran pasos amortiguados, suaves. De alguien que espera encontrarse lo peor. El corazón le dio un vuelco y recordó unos ojos. Ojos solos en la noche.
Al asomarse a la puerta cayó un rayo. Otra vez esos ojos. Y el ser al que pertenecían era una mujer. Ella se quedó mirando fijamente su lugar. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Los nudillos de sus manos estaban blancos. Se había quedado totalmente petrificada.
Una ráfaga de aire agitó su pelo y pareció despertar de un sueño. Sus pies recobraron la movilidad y corrió, corrió como nunca había corrido en su vida. El bosque se abría paso a sus pies, llegó a la playa.
Él venía detrás, la seguía. En la orilla paró.
Estaba acorralada, entre el lago y el hombre. Giró lentamente hasta quedarse frente a él.
Pensó que era muy bella. La Luna se reflejaba en el lago y quedaba enmarcada. Allí estaba, esbelta y desafiante. Orgullosa y altiva. Podría estar hasta la saciedad contemplando la figura de la mujer.
La eternidad pasó muy rápido. Demasiado. Las dos figuras dieron un paso, otro. No hacían movimientos bruscos. Parecía un sueño hermoso del que el más leve error les haría despertar.
Ella le cogió la mano. La protegió. Era una mano hermosa, fuerte, áspera por el uso. Pero tierna y cariñosa. Se sintió cautivada por ella. Él le alzó la cabeza y la miró a los ojos. Acercaron sus frentes y fundieron sus deseos.
Su piel era suave y frágil, como la porcelana. Pero al contrario que ésta, no parecía estar a punto de romperse, a cada momento adquiría firmeza.
Las sensaciones que recibía la llenaban y se trasladaban a su rostro. Sentía, quería ir más allá. Quería quedarse con él para siempre. Volvió a besarle, su boca era un sinfín de extrañas esperanzas. En él se mezclaban lo dulce y lo amargo, la pasión y la ternura, el odio y el amor, la amistad y el cariño. Todo estaba allí. Y sus ojos. Sus ojos eran la expresión del alma. Eran el reflejo del hombre. Eran profundos, oscuros, con la oscuridad insondable del océano, con ese misterio que rodea todos los hechos que la razón no llega a comprender. Eran unos ojos hermosos. Los ojos que habían conseguido enamorarla.
Estaba turbado. No sabía como actuar. Aquella mujer lo había hipnotizado. Con una magia que jamás había visto hasta entonces. Era la primera persona que le había aceptado realmente. No sabía quien era ni de donde venía. Pero daba igual, no era importante. Lo importante era que estaba allí junto a él. ¡Ya giraría el mundo sin ellos! Besarla era el acto más bello que nunca había realizado. Esos besos estaban consiguiendo apartarlo de sus pensamientos. Estaban consiguiendo que su mente no pensara y que actuara su corazón. Sus labios suaves, de terciopelo, le acariciaban el rostro. La separó y por fin consiguió ver los ojos que tanto le habían impactado. De una claridad casi transparente. Expresivos. Y en ese momento, sonrientes. Le sonreían. Los amaba.
Los dos actuaron a la vez. Quizá comprendieron que no podía durar y no fueron capaces de aceptarlo. Quizá sabían que tarde o temprano tendrían que separarse, y el solo pensamiento les rompía el corazón. Quizá por eso lo hicieron. Quizá por eso cogieron el viejo bote anclado en la playa y huyeron hacia el lago. Quizá por eso los dos se lanzaron juntos al agua y se hundieron como dos hojas caídas de un árbol que van a parar a las profundidades. Y allí, en la zona más oscura del lago, el lago sin fin, allí reposan sus almas. Ya juntas para siempre. Sin que ninguna fuerza pueda separarlas. Y allí estarán por el momento de la eternidad.
Sophia Ypunto Abril 2002
Thanks Isa